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lunes, 27 de agosto de 2012

Cuentan por los pasillos


Mi instituto es un centro relativamente nuevo. Actualmente tiene entre catorce y quince años. No es un instituto como otros que parecen una replica del colegio Hogwarts. No, no. Mi instituto es un edificio bastante moderno.
Pero a veces me pregunto ¿qué había antes en el recinto donde está actualmente mi instituto?
Hay muchas posibilidades, pero no quiero arriesgarme con ninguna, ni siquiera investigarlo. No quiero acabar como Enrique Oraló. Aunque supongo que vosotros no sabéis quien es Enrique Oraló.
Enrique Oraló era un chico que iba al mismo instituto que un amigo de mi padre, pero no iban a la misma clase. Enrique era dos años más mayor.
Según me ha dicho mi padre que le contó su amigo, siempre que veía de reojo a Enrique en el recreo, este estaba solo. Siempre. Al parecer sus únicos amigos eran los libros.
Y como siempre estaba leyendo y meditando, supongo que un día llegó a hacerse la misma pregunta que me hago yo: ¿qué había antes de mi instituto?
Enrique se pasó horas y horas durante días y días en la biblioteca. Y descubrió lo que quería. Bueno, no se si eso era exactamente lo que esperaba encontrar.
Resulta que, mucho antes de que se construyera el instituto, en el recinto donde ahora está situado el edificio, había una mansión. Pero era una mansión con leyenda.
Aquella enorme casa había pertenecido a una familia de clase alta hace más de cien años, los Marterol.
La familia Marterol estaba compuesta por Antonio, el padre, Laura, la madre, y Ester, su única hija. Era una familia muy adinerada y bastante… superficial. Y hay varios ejemplos de ello: Antonio y Laura se casaron nada más que por las riquezas que ambos poseían; nunca aceptaron como criados a personas de más de treinta años porque consideraban que a partir de esa edad ya no eran lo suficientemente “bien parecidos” como para tener el honor de servir a los Marterol; no dirigían ni una sola mirada a la gente de la calle o a la gente de clase más baja a la suya, de echo, ni siquiera soportaban respirar el mismo aire que ellos; etc.
En resumen, ellos creían que eran lo mejor del mundo y que los demás no les llegaban ni a la suela de sus zapatos hechos a medida.
Pero sin duda, la superficialidad más grande que cometieron nunca, fue con su propia hija.
La pequeña Ester nació un trece de Febrero. Tenía una deformidad en el rostro bastante considerable. Los médicos no supieron porqué.
La familia Marterol pensó que era un castigo de Dios. Pero no hacia ellos, no, sino hacia su hija.
Creyeron que aquel engendro (ni siquiera llegaron a llamarla hija) le traería mal a su familia ya que pensaban que estaba maldita.
Se avergonzaban de su hija. No sabían como gente tan perfecta como ellos habían podido engendrar algo tan horroroso.
Así que decidieron esconder a Ester del mundo, encerrándola para siempre en una habitación aislada que estaba en el sótano de la gran mansión. Y si la gente preguntaba, decían que la pequeña había muerto durante el parto. A parte, hicieron jurar a sus criados que el secreto permanecería oculto.
Ester permaneció encerrada en el sótano de su casa toda su corta vida.
Solo recibía visitas de una persona que, no, no era ni su madre ni su padre. Era una de las empleadas de la casa, María.
María le llevaba la comida y hablaba con ella para que no se sintiera tan sola.
Ester llegó a querer a María como si fuera su madre. Y llegó a odiar a sus padres con toda su joven alma.
Cuando Ester cumplió los trece años, le pidió a María un gran favor: quería morir. No soportaba más estar encerrada allí dentro. Le dijo que si de verdad ella le importaba algo, que acabara con su desgraciada vida de una vez por todas.
María, que había querido a esa niña con todo su corazón, muy a su pesar, le concedió ese deseo.
Cuando Antonio y Laura se enteraron de la muerte de Ester, no tardaron mucho en averiguar que María la había ayudado a suicidarse. Así que despidieron a María. Pero como último trabajo, le ordenaron deshacerse del cuerpo de Ester.
Detrás de la gran mansión había una pequeña arboleda. María recordó que Ester siempre había querido visitarla, aunque solo fuera una vez. Así que María cavó un hoyo en el centro de la hermosa arboleda y allí enterró el cuerpo de la joven.
Poco después, los Marterol abandonaron la mansión y ordenaron demolerla. Pusieron como excusa que la casa ya no les gustaba y que habían decidido mudarse. Y como eran tan superficiales, a la gente no pareció sorprenderle mucho aquella decisión. Por eso nadie sospechó la verdadera razón. Aunque si la hubieran contado seguramente les hubieran tomado por locos. Porque, a ver, si os dijeran que se mudaron porque no podían dormir, debido a que su hija muerta se paseaba por los corredores de la mansión gritando sus nombres con un cuchillo en la mano ¿os lo creeríais?
Después de la mudanza, los Marterol parecieron desaparecer del mapa. Todos sus criados fueron despedidos y nadie supo nada más de Antonio y Laura. Allí donde había estado la preciosa mansión de los Marterol, ahora solo había un enorme descampado. La arboleda también fue talada.
Pero una noche, un trece de Febrero, un hombre que pasaba por delante del descampado, se sorprendió al ver a un hombre y a una mujer, tirados en el suelo, inmóviles. Al acercarse, pudo comprobar que se trataba de Antonio y Laura. Estaban allí, tirados, apuñalados. Entre ellos, había un trozo de papel donde letras rojas rezaban: Feliz cumpleaños, hija.

Enrique se quedó parado. “Trece de Febrero” pensaba. Entonces recordó que su instituto estaba cerrado ese día, todos lo años. Nunca se había preguntado porqué, hasta aquel momento. ¿Y si tenía algo que ver con la maldición? Tenía que averiguarlo.

Llegó el trece de Febrero. Cayó en martes. El instituto estaba cerrado como cada año. Cuando la noche se posó sobre la ciudad, Enrique estaba en frente de la gran verja del instituto. Fue entonces cuando se dio cuenta de la gran estupidez que estaba cometiendo.
¿Qué estaba haciendo él allí? Ahora mismo podría estar en casa cenando con sus padres, los cuales pensaban que estaba en casa de una amigo inexistente. Además seguro que solo estaba perdiendo el tiempo. Seguro que aquella historia de la familia Marterol se la había inventado alguien para entretenerse un rato y antes de que construyeran su instituto allí solo había una simple casa en ruinas o quizás simplemente un descampado.
Pero aunque se estaba convenciendo a sí mismo de que no debía estar allí, no se movía de delante de la verja. Parecía como si los pies se le hubieran clavado al suelo.
Sin saber porqué, dirigió su mirada hacia una de las ventanas del segundo piso. Nunca debió hacerlo.

Enrique no volvió a pisar aquel instituto. Nadie supo porqué. Lo único que se cuentan son cotilleos: que Enrique volvió a su casa aquella noche, desorientado y ausente. Parecía un zombie y no paraba de repetir en susurros “Feliz cumpleaños”. Dicen que después de ese día no volvió a tocar un libro. Sus padres se lo llevaron lejos. Permaneció encerrado en su casa toda la vida. Se volvió loco, literalmente. Pero nunca quiso decirle a nadie lo que le ocurrió aquella noche. Aunque nadie estaba seguro de querer saberlo.
El instituto sigue abierto y con cada vez más alumnos. Pero eso sí, sigue cerrando sus puertas cada trece de Febrero. Y cada trece de Febrero, Ester recorre los pasillos del instituto, buscando al próximo que le desee un feliz cumpleaños.
¿Te atreves ahora a investigar la historia de tu instituto?