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martes, 11 de septiembre de 2012

E-mail de ultratumba- cap. 1


Vaaaaaleeeee ya se que tengo muchas historias comenzada (y más que no están en este blog jeje) pero es que esta me gusta bastante más que las otras. No se, me da buenas vibraciones. Bueno, ya veremos. De momento aquí está el primer capítulo :D

La noche es cerrada. La ciudad duerme y solo las sombras de objetos inmóviles, iluminados por alguna de las pocas farolas que quedan encendidas, llenan las calles. Pero entre esas sombras, algo se mueve. Corre. Parece asustado y cansado.
       Ese algo, es Iván, un joven de dieciocho años que no ha pasado tanto miedo en su vida, ya que no solo está corriendo: está huyendo. Aunque ni él sabe muy bien de qué… o de quién.

****
      
              23 de febrero, cuatro años antes.

       Es extraño como ha acabado la tarde. Esa chica es de lo más… especial. Han empezado discutiendo, diciéndose de todo y él ha terminado pidiéndole su Messenger. Y todo delante de los ojos de los demás usuarios del foro de su serie favorita. Nunca habría esperado algo así. Y es que aquella chica que hace llamarse LadyDeath14, ha resultado ser una joven de mucho carácter.

       –Veo que sabes defender tus ideas, LadyDeath14 jajaja
       –Tú tampoco lo haces mal, Dark-One :)
       –¿No tendrás MSN, por casualidad? Me has caído bien :) (al final XD)
       –Tú también me caes bien (por ahora). Sí que tengo, está en mi perfil. Pero oye, si quieres ligar conmigo, dilo directamente. Lo que no quiere decir que tengas alguna posibilidad ;)
       –¡Yo no quiero ligar contigo! No tengo ninguna necesidad. ¿No serás tu la que quiere ligar? ¿eh?
       –Yo no he sido la que te ha pedido el correo… Venga, agrégame al MSN de una maldita vez y así dejamos de molestar a los demás usuarios. ¡Bobo!
       –¡Boba tú!

       Esta es, sin ninguna duda, la conversación más extraña que ha mantenido en su vida. LadyDeath14, aun sin conocerlo, se ha tomado más libertades con él que cualquiera de sus amigos de toda la vida. ¡Le ha llamado bobo! ¡Delante de todos los del foro! No sabe si partirse de risa o partirle la cara a alguien. Por suerte opta por lo primero.
       Ahora tiene que agregarla al Messenger. Una emoción extraña le recorre el cuerpo. ¿Por qué se emociona tanto? Ha conocido a una chica y la está agregando en el Messenger. No es algo tan raro. Lo hace constantemente. Claro que a sus demás amigas las conoce en persona. Pero eso no tiene nada que ver. Los amigos son amigos. Aunque… ¿cómo sabe que es su amiga? La ha conocido hace tan solo dos horas. ¿A eso se le puede llamar amistad?
       “Venga, hombre. No seas cobarde ahora. ¿Qué pensará de ti si no lo haces?” Piensa mientras observa la pantalla de su ordenador. El Messenger le pide que escriba el correo de la persona a la que quiere agregar. Pone las manos sobre el teclado. Le sudan. ¿Por qué? No lo entiende. ¿Está nervioso? Es estúpido. “Va, solo vas a agregarla al Messenger, no a pedirle matrimonio”.
       Antes de nada, abre otra pestaña del navegador, entra en el foro y hace una visita al perfil de su nueva amiga. Para asegurarse de no cometer errores al escribir el correo, decide que es mejor copiarlo de su perfil y pegarlo en el Messenger. Una vez hecho, le da a “Enviar invitación”. Se queda parado unos instantes. Contempla la pantalla. Pronto sale un mensaje avisando de que la invitación se ha enviado correctamente. Suspira. Ahora está más tranquilo y sigue sin comprender porqué antes no lo estaba.
       Revisa sus contactos. Aunque aun no le ha aceptado, el nombre de LadyDeath14 ya aparece entre los de sus amigos. Resulta que su verdadero nombre es Silvia Togliatti. “¿Togliatti? Debe tener raíces italianas o algo” se dice. Si fuera así, ya tendían algo en común. Él también tiene raíces italianas, solo que en su caso no se reflejan en sus apellidos.
       Mira el reloj. Las siete y veinte de la tarde. Tiene deberes para mañana que aun no ha hecho. Cuando ha llegado a casa después del instituto, tenía planeado hacer los deberes después de cenar. Pero en lugar de eso, ha sucumbido a la tentación y ha encendido el ordenador para echar una ojeada al foro de su serie favorita. Claro que no esperaba encontrarse con Silva Togliatti, alias LadyDeath14.
       Se levanta de mala gana de la silla de su escritorio y se dirige arrastrando los pies hasta donde ha dejado la mochila unas horas antes. Coge todo lo que necesita y vuelve a dirigirse al escritorio.
       Él sabe que es mejor apagar el ordenador para concentrarse en la tarea. Pero no puede. Algo le dice que no lo haga. Así que deja el aparato encendido y, de vez en cuando, le dedica alguna mirada a la pantalla para comprobar si alguien interesante se ha conectado al Messenger. Y con alguien interesante quiere decir Silvia.
       A las ocho y veinte ya ha terminado los deberes y cuando su despertador marca las nueve y media de la noche, él sigue delante del ordenador, observando su lista de contactos del Messenger, desesperado. Quiere hablar con ella. Tiene esa extraña necesidad. Y debe ser esa misma noche.
       Pero Silvia no se conecta y pronto su madre le llamará para que baje a cenar. ¿Qué hace? ¿Se desconecta? Pero no puede. ¿Y si ella se conecta mientras él está cenando? ¿Su madre le dejaría cenar en su habitación? No lo cree. A su madre le gusta aprovechar las cenas para pasar un rato en familia. Y él la comprende. De verdad. Su padre se pasa el día en el trabajo y su hermana mayor está todo el día fuera con sus amigos. Es normal que su madre quiera pasar un rato en familia. Pero es que…
       Y de pronto, al lado del nombre de Silvia Togliatt, aparece una lucecita verde que indica que la chica se ha conectado.
       Se le acelera el corazón. Siente que le cuesta respirar. ¡Se ha conectado! ¡No se lo puede creer! Es lo que ha estado esperando toda la tarde. Pero, sin embargo, se queda paralizado. ¿Qué hace ahora? ¿La saluda? ¿Espera a que ella le salude a él? No le da tiempo a responderse a sí mismo.
       Un “hola” en letras mayúsculas y de color naranja aparece en una ventanita. Y, casi al mismo tiempo, su madre entra por la puerta.
       –Hijo, tu padre y yo nos vamos a ver al abuelo que no se encuentra bien– le dice su madre, apurada–. La cena está en el microondas. Tu hermana no viene a cenar hoy así que te quedas solo ¿de acuerdo?
       –Sí, mamá, tranquila– contesta el chico, intentando no aparentar que aquella noticia le hace tremendamente feliz.
       Su madre le lanza un beso al aire y se marcha de la habitación.
       –Hola :D ¿Qué tal?– escribe a toda prisa y le da a enviar.
       Y así, un 23 de febrero, surge una gran amistad. Una amistad de la que ni Silvia ni Iván conocen aun las consecuencias.  

lunes, 27 de agosto de 2012

Cuentan por los pasillos


Mi instituto es un centro relativamente nuevo. Actualmente tiene entre catorce y quince años. No es un instituto como otros que parecen una replica del colegio Hogwarts. No, no. Mi instituto es un edificio bastante moderno.
Pero a veces me pregunto ¿qué había antes en el recinto donde está actualmente mi instituto?
Hay muchas posibilidades, pero no quiero arriesgarme con ninguna, ni siquiera investigarlo. No quiero acabar como Enrique Oraló. Aunque supongo que vosotros no sabéis quien es Enrique Oraló.
Enrique Oraló era un chico que iba al mismo instituto que un amigo de mi padre, pero no iban a la misma clase. Enrique era dos años más mayor.
Según me ha dicho mi padre que le contó su amigo, siempre que veía de reojo a Enrique en el recreo, este estaba solo. Siempre. Al parecer sus únicos amigos eran los libros.
Y como siempre estaba leyendo y meditando, supongo que un día llegó a hacerse la misma pregunta que me hago yo: ¿qué había antes de mi instituto?
Enrique se pasó horas y horas durante días y días en la biblioteca. Y descubrió lo que quería. Bueno, no se si eso era exactamente lo que esperaba encontrar.
Resulta que, mucho antes de que se construyera el instituto, en el recinto donde ahora está situado el edificio, había una mansión. Pero era una mansión con leyenda.
Aquella enorme casa había pertenecido a una familia de clase alta hace más de cien años, los Marterol.
La familia Marterol estaba compuesta por Antonio, el padre, Laura, la madre, y Ester, su única hija. Era una familia muy adinerada y bastante… superficial. Y hay varios ejemplos de ello: Antonio y Laura se casaron nada más que por las riquezas que ambos poseían; nunca aceptaron como criados a personas de más de treinta años porque consideraban que a partir de esa edad ya no eran lo suficientemente “bien parecidos” como para tener el honor de servir a los Marterol; no dirigían ni una sola mirada a la gente de la calle o a la gente de clase más baja a la suya, de echo, ni siquiera soportaban respirar el mismo aire que ellos; etc.
En resumen, ellos creían que eran lo mejor del mundo y que los demás no les llegaban ni a la suela de sus zapatos hechos a medida.
Pero sin duda, la superficialidad más grande que cometieron nunca, fue con su propia hija.
La pequeña Ester nació un trece de Febrero. Tenía una deformidad en el rostro bastante considerable. Los médicos no supieron porqué.
La familia Marterol pensó que era un castigo de Dios. Pero no hacia ellos, no, sino hacia su hija.
Creyeron que aquel engendro (ni siquiera llegaron a llamarla hija) le traería mal a su familia ya que pensaban que estaba maldita.
Se avergonzaban de su hija. No sabían como gente tan perfecta como ellos habían podido engendrar algo tan horroroso.
Así que decidieron esconder a Ester del mundo, encerrándola para siempre en una habitación aislada que estaba en el sótano de la gran mansión. Y si la gente preguntaba, decían que la pequeña había muerto durante el parto. A parte, hicieron jurar a sus criados que el secreto permanecería oculto.
Ester permaneció encerrada en el sótano de su casa toda su corta vida.
Solo recibía visitas de una persona que, no, no era ni su madre ni su padre. Era una de las empleadas de la casa, María.
María le llevaba la comida y hablaba con ella para que no se sintiera tan sola.
Ester llegó a querer a María como si fuera su madre. Y llegó a odiar a sus padres con toda su joven alma.
Cuando Ester cumplió los trece años, le pidió a María un gran favor: quería morir. No soportaba más estar encerrada allí dentro. Le dijo que si de verdad ella le importaba algo, que acabara con su desgraciada vida de una vez por todas.
María, que había querido a esa niña con todo su corazón, muy a su pesar, le concedió ese deseo.
Cuando Antonio y Laura se enteraron de la muerte de Ester, no tardaron mucho en averiguar que María la había ayudado a suicidarse. Así que despidieron a María. Pero como último trabajo, le ordenaron deshacerse del cuerpo de Ester.
Detrás de la gran mansión había una pequeña arboleda. María recordó que Ester siempre había querido visitarla, aunque solo fuera una vez. Así que María cavó un hoyo en el centro de la hermosa arboleda y allí enterró el cuerpo de la joven.
Poco después, los Marterol abandonaron la mansión y ordenaron demolerla. Pusieron como excusa que la casa ya no les gustaba y que habían decidido mudarse. Y como eran tan superficiales, a la gente no pareció sorprenderle mucho aquella decisión. Por eso nadie sospechó la verdadera razón. Aunque si la hubieran contado seguramente les hubieran tomado por locos. Porque, a ver, si os dijeran que se mudaron porque no podían dormir, debido a que su hija muerta se paseaba por los corredores de la mansión gritando sus nombres con un cuchillo en la mano ¿os lo creeríais?
Después de la mudanza, los Marterol parecieron desaparecer del mapa. Todos sus criados fueron despedidos y nadie supo nada más de Antonio y Laura. Allí donde había estado la preciosa mansión de los Marterol, ahora solo había un enorme descampado. La arboleda también fue talada.
Pero una noche, un trece de Febrero, un hombre que pasaba por delante del descampado, se sorprendió al ver a un hombre y a una mujer, tirados en el suelo, inmóviles. Al acercarse, pudo comprobar que se trataba de Antonio y Laura. Estaban allí, tirados, apuñalados. Entre ellos, había un trozo de papel donde letras rojas rezaban: Feliz cumpleaños, hija.

Enrique se quedó parado. “Trece de Febrero” pensaba. Entonces recordó que su instituto estaba cerrado ese día, todos lo años. Nunca se había preguntado porqué, hasta aquel momento. ¿Y si tenía algo que ver con la maldición? Tenía que averiguarlo.

Llegó el trece de Febrero. Cayó en martes. El instituto estaba cerrado como cada año. Cuando la noche se posó sobre la ciudad, Enrique estaba en frente de la gran verja del instituto. Fue entonces cuando se dio cuenta de la gran estupidez que estaba cometiendo.
¿Qué estaba haciendo él allí? Ahora mismo podría estar en casa cenando con sus padres, los cuales pensaban que estaba en casa de una amigo inexistente. Además seguro que solo estaba perdiendo el tiempo. Seguro que aquella historia de la familia Marterol se la había inventado alguien para entretenerse un rato y antes de que construyeran su instituto allí solo había una simple casa en ruinas o quizás simplemente un descampado.
Pero aunque se estaba convenciendo a sí mismo de que no debía estar allí, no se movía de delante de la verja. Parecía como si los pies se le hubieran clavado al suelo.
Sin saber porqué, dirigió su mirada hacia una de las ventanas del segundo piso. Nunca debió hacerlo.

Enrique no volvió a pisar aquel instituto. Nadie supo porqué. Lo único que se cuentan son cotilleos: que Enrique volvió a su casa aquella noche, desorientado y ausente. Parecía un zombie y no paraba de repetir en susurros “Feliz cumpleaños”. Dicen que después de ese día no volvió a tocar un libro. Sus padres se lo llevaron lejos. Permaneció encerrado en su casa toda la vida. Se volvió loco, literalmente. Pero nunca quiso decirle a nadie lo que le ocurrió aquella noche. Aunque nadie estaba seguro de querer saberlo.
El instituto sigue abierto y con cada vez más alumnos. Pero eso sí, sigue cerrando sus puertas cada trece de Febrero. Y cada trece de Febrero, Ester recorre los pasillos del instituto, buscando al próximo que le desee un feliz cumpleaños.
¿Te atreves ahora a investigar la historia de tu instituto? 

domingo, 3 de junio de 2012

La Princesa Espectral cap.15


Hooooolaaaaa. Buff, cuanto tiempo sin entrar en el blog. Y sin publicar nada. Pero no es culpa mía. Es culpa de los exámenes. Pero ya se acaba el instituto y tendré mucho más tiempo. Tengo que terminar el libro de una vez. Tanto retraso no puede ser. Bueno, ya se verá. Ahora os dejo el  capítulo 15 de La Princesa Espectral. ¡¡A leer!!

Última hora. Por fin. Solo faltaban cincuenta i cinco minutos para la libertad. Y la impaciencia que sentían las almas adolescentes del centro se notaba en el aire.
       Ezequiel y yo no éramos menos. Pero lo vivíamos de forma diferente.
       Mientras nuestros compañeros de clase se paseaban por los pasillos buscando a sus amigos, nosotros esperábamos dentro del aula.
       -¿Qué tenemos ahora?-me preguntó Ezequiel.
       -Inglés-le contesté.
       -Jo.
       -¿Qué? ¿no te gusta?
       -Sí me gusta. Lo que no me gusta es el profesor.
       -¿Carlos? ¡Pero si es genial!
       -Ya, bueno, porque tu eres su “enchufada”. A mí, cada vez que nos cruzamos por el pasillo, me mira como si quisiera matarme.
       -¡Vamos! No digas tonterías. Si Carlos no mataría ni a una mosca. Serán imaginaciones tuyas.
       -Eso es lo que tu crees. Pero yo se lo que he visto.
       De repente, todos nuestros compañeros entraron en el aula, seguidos de Carlos. “Hablando del rey de Roma” pensé. Pero era extraño. Parecía enfadado.
       Dejó sus cosas sobre su mesa y dijo.
       -Bien, chicos. Ya se que es última hora y que estáis nerviosos por iros de aquí. ¡Pero no quiero cachondeo! ¡¿Entendido?!
       Todos los presentes asentimos con la cabeza. Sinceramente, daba miedo. Nunca le había visto así. Y hacía tres años que le conocía.
       -Bien. Sacad el libro y empecemos.
***
       La explicación duró menos de lo habitual. Quizás fue porque, a diferencia de los otros días, nadie dijo nada durante los veinte minutos en los que el profesor Carlos estuvo hablando.
       Después nos mandó los deberes. Nos puso dos páginas enteras con quince ejercicios en cada una.
       Sí, definitivamente, estaba cabreado. ¡Casi le pega un tortazo a uno de mis compañeros por levantarse a tirar un papel a la basura!
       No soportaba verle así. Sus ojos llenos de vida y alegría que en muchas ocasiones me causaban envidia, ahora estaban apagados i la rabia podía leerse perfectamente en ellos. ¿Qué le pasaba? Tenía que preguntárselo. Si él cada vez que me veía triste me preguntaba lo que me ocurría, yo no iba a ser menos en el caso inverso.
       Y me iba a levantar para ir a hablar con él. No me importaba si me ponía una amonestación. Era mi amigo y no me iba a quedar de brazos cruzados ante aquella situación. Pero me detuve.
       Todo empezó a volverse borroso. Me costaba respirar. El corazón me latió con fuerza en un principio pero se iba apagando lentamente. Y sabía por qué. “O no. Ahora no. Aquí no” pensé “¡No puedo desmayarme en medio de la clase!”.
       -Lisa ¿estas bien?-me susurró Ezequiel.
       -Tengo que salir de aquí- susurré- ahora.
       Entonces me levanté, con tanta brusquedad que la silla en la que me sentaba cayó al suelo llamando la atención de mis otros compañeros de clase y de Carlos. Corrí hacia la puerta como pude. La abrí y empecé a correr por el pasillo hacia la puerta de salida.
       -¡Lisa!- oí que gritaba Carlos.
       Me giré y vi que me estaba persiguiendo. “¡Lo que me faltaba!” pensé. Y empecé a correr todo lo rápido que pude. Era difícil porque casi no podía respirar y lo veía todo cada vez más borroso.
       Por fin llegué a la puerta de salida. Los pasillos del instituto nunca me habían parecido tan largos. Pero Carlos aun me seguía.
       Salí del edificio y me encontré en el patio. La gran barrera que separaba el interior del instituto de la calle estaba solo a unos metros de ahí.
       Intenté correr hacia ella. Pero no pude. Mi cuerpo ya no respondía.
       Caí de rodillas al suelo con las dos manos oprimiéndome el pecho y Carlos pronto estuvo a mi lado para cogerme.
       -¡Lisa! ¡¿Qué te ocurre?!
       Realmente estaba preocupado. Pero como no iba a estarlo. Estaba a punto de desmayarme en sus brazos. Le miré a los ojos y antes de que la luz blanca de siempre me engullera le susurré:
       -Escóndeme.
       Y cerré los ojos.

domingo, 25 de marzo de 2012

La Princesa Espectral cap.14

¡Hola! Sí, ya se, he tardado mucho en poner este capítulo. Pero estamos a final de trimestre y los profesores han concentrado todos los exámenes en estas dos o tres semanas. Y claro un día examen y al otro también... ¡una no tiene tiempo de escribir! Además de tanto empollar mi cerebro se ha frito. En serio. Llegó un punto en el que me empezó a salir humo por la orejas porque mi cerebro estaba ardiendo. Pero ahora se han acabado (por decirlo de alguna manera) y me he puesto a escribir. Así que no me enrollo más y aquí os dejo el capitulo 14 de La Princesa Espectral.

Desperté en mi habitación. Bueno, la habitación de Lisa.
Me incorporé y me dirigí al espejo colgado de la puerta que daba al pasillo.
En el espejo vi reflejado el cuerpo de Lisa. Tenía los ojos rojos e inflamados, cosa que indicaba que había estado llorando recientemente.
Volvía a ir vestida como Lisa. Y llevaba esas horribles gafas rojas que me hacían la cara más regordeta de lo que la tenía en realidad.
No me gustaba ese aspecto. Me gustaba más ser Violet.
Violet era preciosa y Lisa…Lisa era Lisa.
Sentí la tentación de darle un puñetazo al espejo. Pero no necesitaba siete años de mala suerte. Ya bastaba con la que tenía.
Así que me aparté del reflejo y di un rodeo por la habitación.
Había dormido allí toda mi vida. O, al menos, así lo recordaba.
Había bailado allí dentro. Había reído, llorado y gruñido en esa habitación. Aquella estancia, había sido mi refugio para apartarme del mundo durante unos instantes. Pero ya no la sentía mía. Ya no era mía. Era de Lisa. Igual que todo lo demás en esa casa.
“Aunque te cueste, tienes que actuar como si no hubiera pasado nada. Como si nunca hubieras venido a este universo. Nadie tiene que saber de la existencia de este mundo ¿Me oyes, Violet? Nadie” había dicho Corbus mientras nos dirigíamos a palacio. “OK” le había contestado yo. Y así debía hacerlo.
Entonces, no sé por qué,  me acordé de Ezequiel. El tampoco era mío. Era el amigo de Lisa, no el mío.
Todo se hacía un lio en mi cabeza. ¿Y como había desaparecido en aquel callejón? ¿Era mago o algo por el estilo? “Tengo que preguntárselo mañana en el instituto” pensé.
Después, abrí la puerta de la habitación y me preparé para encontrarme con mi supuesta familia.


Take me by the tongue
And I’ll know you
Kiss me ‘till you’re drunk
And I’ll show you
All the moves like Jagger
I’ve got the moves like Jagger
I’ve got the moooooves like Jagger

No era la canción que más me apetecía escuchar en ese momento. Era demasiado movida para mi estado de ´
ánimo. Pero “Moves like Jagger” de Maroon 5 perecía ser una canción que nunca pasaría de moda.
Eran las siete y cuarto de la mañana y papá y yo estábamos camino del instituto.
Paramos delante de la gran puerta del edificio, justo cuando Christina Aguilera hacía su gran entrada en la canción.
-Pásatelo bien, cielo- me dijo mi padre cuando abrí  la puerta del coche.
-Lo intentaré- le contesté todo lo sonriente que pude- adiós.
-Hasta luego.
Y cerré la puerta. Pero no entré en seguida. Me quedé un rato observando como el BMW negro de mi padre se alejaba. Era triste. Muy triste. Había estado pensando en él como “mi papá”. ¡Pero cuanto le quería! Y ya no sería nunca más mi papá.
Aparté la mirada para no romper a llorar.
Además tenía cosas que hacer. Tenía asuntos que aclarar con el señorito Ezequiel.
Cogí aire y entré en el enorme edificio.


La clase de Matemáticas se hizo muy larga.
Maite, la profesora, tuvo que parar la clase como cincuenta veces por culpa de los tres idiotas de turno. Y encima, nos puso el doble de deberes de los que había previstos. Ya lo dice mi abuelito: “Siempre pagan justos por pecadores”.
Ezequiel llegó tarde y por eso no habíamos podido hablar antes de entrar en clase. Pero no perdería mi oportunidad al sonar la campana. Las preguntas me ardían en la cabeza.
Miguel, como siempre, miró su reloj y empezó la cuenta atrás.
Cinco…cuatro…tres…dos…
-Riiiiiing.
Todos salieron despavoridos de la clase como si dentro del aula no hubiera aire y tuvieran que salir fuera para respirar.
En cambio, Ezequiel y yo, éramos todo lo contrario. La clase era nuestra fuente de oxigeno personal.
Era mi momento. ¿Pero como se lo decía? ¿Y si pensaba que había sido una entrometida al seguirle? ¿Y si se enfadaba? “¿Y si te preocupas demasiado, Violet?” me dije a mi misma. Y me sorprendí. ¿Violet?
-¿Estas bien?- me preguntó Ezequiel.
-Sí, sí. Solo pensaba- el respondí.
-¿Y en que pensabas?
Hablar o no hablar ¡esa es la maldita cuestión! Pero no tardé mucho en decidirme cuando Ezequiel puso su mano sobre la mía. ¿Y ese escalofrío? Que sensación tan extraña.
-Pensaba en…en que tenía que preguntarte una cosa.
-Y…¿Qué querías preguntarme?
-Pues… que ayer…te vi corriendo…y te seguí.
Ezequiel dio un pequeño salto sobre la silla. ¿Tan sorprendente era lo que acababa de decir?
-Entraste en un callejón y cuando entré yo… no estabas. Te habías esfumado. Y la pared que cerraba el callejón era enorme. ¿Por dónde saliste?
Ezequiel tenía los ojos como paltos. Quizás no tendría que haberlo dicho. Ahora se enfadaría conmigo y perdería a mi único amigo (en este universo). Esto demuestra como todo se puede ir al traste en un segundo. Y digo “al traste” por no decir otra cosa.
-Pues muy sencillo- dijo Ezequiel, más relajado- Había una puerta.
-No es verdad- contesté- allí no había nada.
-Sí que la había. Pero esta camuflada. Da a la casa de mi tío. Es un apasionado de la magia y le gusta hacer estas cosas raras.
-Oh, que…guay. Me gustaría verlo.
-Claro, algún día.
-¿Enserio?
-Claro.
Ezequiel y yo sonreímos y justo después entraron nuestros compañeros de clase, seguidos por Gabri el profesor de Naturales.
-Tan guapo como siempre- oí que le susurraba Sara a una de sus amigas/secuaces.
¿Pero qué le veían a ese tío? Y no solo al profesor de Naturales. También decían lo mismo de Carlos y del profe de Educación Física. Estaba claro que no yo no era la única que necesitaba gafas para ver bien.
Bueno, vale, puede (y solo puede) que fueran un poquitín guapos. Pero solo un poquitín. ¡Pero si más de la mayoría tenían más de treinta años! ¡Charlie o Ezequiel eran más guapos! ¡Mucho más guapos!
-Bueno chicos…y chicas- comenzó Gabri- primero quiero presentarme al nuevo alumno. ¿Quién es Ezequiel?
-Soy yo- contestó mi compañero de pupitre, levantando la mano.
-Bien, Ezequiel, yo soy Gabri, el profesor de Naturales. Espero que en tu antiguo instituto ya hayas estudiado las partes de una célula.
-Sí, señor- respondió Ezequiel.
-¡Genial! Pues entonces no tendrás problema alguno para seguirnos el ritmo. Ah, otra cosa…no me llames “señor” por favor. Me hace sentir viejo ¿sabes?
Toda la clase empezó a reír.
-Sí, se…quiero decir, Gabri.
El profesor asintió con la cabeza, cogió el libro de texto y empezó a escribir en la pizarra.